August 2007


Lola: – ¿Cómo se llama?
Yo: – Hoy no tengo ganas de contar ningún cuento
Lola: – Daaaaaaaaaaale. Porfis.
Yo: – Así se llama el cuento: Hoy no tengo ganas de contar ningún cuento.
Escucha…

Había una vez, un cuentero, es decir, una persona que contaba cuentos.
El cuentero iba por los pueblos y en las plazas anunciaba que iba a contar cuentos. Entonces todos los chicos del pueblo se reunían para escucharlo.
Contaba cuentos de príncipes, princesas, dragones, animales y todas las cosas que se le ocurrían.

Un día despertó, se dirigió a la plaza del pueblo donde estaba y esperó a que llegaran los primeros niños a escucharlo.
Cuando hubo varios niños, el cuentero iba a pronunciar las primeras palabras de su cuento cuando se dio cuenta de que no sabía que contar.
Los niños lo miraban con gran expectación, pero al cuentero no se le ocurría nada de nada.
Y fue así como se le ocurrió decir: – Hoy no tengo ganas de contar ningún cuento.

Los niños lo miraron sorprendidos. Y luego lanzaron un grito fuerte todos juntos y empezaron a llorar.
Lloraban, lloraban y lloraban. Y su llanto lo escuchaba todo el pueblo, que empezó a llegar a la plaza para ver que sucedía.
Todo le preguntaban al cuentero porque los niños lloraban y este les contesto que era porque no se le había ocurrido ningún cuento que contar.
La gente del pueblo se enojó con el cuentero, por haber hecho llorar a los niños. Y estaban a punto de echarlo para siempre del cuando escucharon un dulce música entre los llantos de los niños.

Mientras la música se escuchaba cada vez más fuerte, los llantos de los niños iban disminuyendo.
Y de pronto vieron que se acercaba a la plaza la caravana de un circo, que tenía payasos, malabaristas, magos, elefantes, monos, tigres y leones.

Los niños dejaron de llorar de inmediato cuando vieron el circo. Se secaron las lágrimas y empezaron a sonreír.
El dueño del circo se acercó a donde estaba toda la gente del pueblo y les dijo:

- Amigos, somos el circo Rimbomba. Simplemente estábamos de paso, ya que siempre, siempre actuamos en ciudades muy grandes. Pero cuando estábamos pasando escuchamos el llanto de muchos niños y pensamos que necesitaban algo de diversión.
Es por eso que entramos al pueblo para ofrecerles una gran función de nuestro circo a todos. Y especialmente los niños.

Todos en el pueblo, grades y chicos, saltaron de alegría y empezaron a aplaudir.

El dueño del circo además dijo:- Nuestro circo tiene muchos artistas: magos, payasos, malabaristas, domadores de elefantes, monos, tigres y leones.
Sin embargo, me falta un artista. Alguien que cuente cuentos a los niños, entre un acto y otro.

En ese momento toda la gente del pueblo miró al cuentero, que estaba acurrucado en un rincón medio confundido, medio asustado. Y todos le dijeron al dueño del circo que ese era el mejor cuentero del pueblo. Que era la persona que estaba buscando.

El dueño del circo lo contrató enseguida y el cuentero empezó a contar historias de lo que pasaba en el circo. Eran tantos los artistas y animales y pueblos y situaciones que nunca se quedaba sin historias que contar.

Y nunca, nunca, nunca más se quedó sin una historia para contar.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

Lola:- Mmmmmmm… me parece que el que cuenta cuentos se parece a vos.
Yo: – Puede ser. Ahora, buenas noches y dulces sueños.
Lola:- Buenas noches. Dulces sueños.

Lola: – ¿Cómo se llama?
Yo: – El príncipe y la sopa.

Había una vez, en un lejano reino, un príncipe que se llamaba Facundo.
Facundo no quería tomar la sopa.

La Reina y el Rey no sabían que hacer, ya que en su reino la sopa era la comida más tradicional.
Durante todo el año, los desayunos, los almuerzos, las meriendas y las cenas incluían sopa.
Sea invierno o verano había sopa, que todos disfrutaban pero el príncipe Facundo odiaba.

El odio de Facundo por la sopa llegó a oídos de un cocinero de un reino cercano. Y sabiendo que los reyes estaban preocupados, les propuso hacer la mejor sopa del mundo. Una sopa que ni siquiera el príncipe Facundo rechazaría.

Los reyes dudaban de que eso fuera real. Pero accedieron.

Entonces el cocinero invitó a los reyes y al príncipe a su cocina, en el reino cercano. Ya en la cocina, dirigiéndose a los reyes y al príncipe, el cocinero dijo:

- Sus majestades, Uds. mandan en su reino. Pero en esta cocina, que es mi reino, mando yo. Así que ¡A trabajar!

Y en ese momento puso a la reina a lavar las verduras, al rey a pelarlas y al príncipe a juntar agua y ponerla en el fuego.
Si bien estaban algo confundidos, el rey, la reina y el príncipe siguieron las instrucciones del cocinero al pie de la letra.

¡Pongan el agua! ¡Prendan el fuego! ¡Corten las verduras! ¡Revuelvan despacio!

Luego de un rato de obedecer al cocinero, la sopa empezó a invadir con su aroma toda la cocina. La reina, el rey y el príncipe Facundo sintieron ese aroma y se dieron cuenta de lo especial que era ESA SOPA.

No eran los ingredientes, ni la receta del cocinero.
ESA SOPA era especial porque la habían hecho juntos, toda la familia real.

Hacía muchísimo que el rey y la reina, preocupados por miles de cosas, no hacían “algo” con su hijo.

Y fue así como, compartiendo una tarea simple, Facundo y sus padres volvieron a disfrutar de preparar y comer una buena sopa.

Luego, Facundo creció, y se puso un restorán donde solo vendían sopa, que se llamó “Otra vez sopa”

Y colorín colorado, este cuento se ha terminado.Te gusto?
Lola:- Si, estuvo rico.

Yo: – Bueno, ahora dormite y buen provecho.
Lola:- Si. Hasta mañana.

Lola: – ¿Cómo se llama el cuento?
Yo: – La hormiga y las estrellas.

Había una vez una hormiga que se llamaba Ramona.

Ramona trabajaba mucho todos los días llevando hojitas hasta el hormiguero.
Por las noches, antes de irse a dormir, miraba el cielo lleno de estrellas y decía: – ¡Mi sueño es poder tocar las estrellas!

Algunas hormigas habían oído lo que decía Ramona todas las noches y se reían de tan loca idea.

Un día de invierno, que hizo mucho, mucho frío, en el pueblo donde estaba el hormiguero donde vivía Ramona, comenzó a nevar. Hacía más de 30 años que no nevaba en ese lugar. Ni Ramona ni sus compañeras sabían que era la nieve.

Todas las hormigas, asustadas, se que quedaron en el hormiguero, con mucho miedo y frío.

Sin embargo, Ramona se asomó y vio como caían los copas de nieve. ¡Y quedo asombrada!

Para Ramona cada copo de nieve era como una pequeña estrella. Y salió rápidamente del hormiguero porque quería tocar cada una de las estrellas, que sorpresivamente habían empezado a caer ese día.

Las otras hormigas, al ver que Ramona estaba tan contenta tocando las supuestas estrellas, también salieron a jugar. Y se divirtieron tanto que empezaron a creer más en los sueños de Ramona y en los propios.

Y fue así como, una simple hormiga que creía en su sueño, hizo nevar en un lugar donde hacía más de 30 años que no nevaba.

Y donde nadie salía a tocar las estrellas.

Y colorín colorado…

Lola: – …este cuento se ha acabado.
Es como la nieve que cayó el otro día.

Yo: – Si. Seguro que en el patio hay una hormiga que se llama Ramona.

(Nota: Este cuento está inspirado en el hecho que está documentado aquí: http://www.clarin.com/diario/2007/07/09/um/m-01453822.htm )