Cuentos para niños


Aclaración: Durante un tiempo Lola me preguntaba el nombre del cuento y al instante se contestaba sola haciendo una asociación libre entre un elemento cualquiera y el adjetivo “loca” o “loco” según correspondiera.

En algunos casos, como este, aceptaba su sugerencia, ya que me servía de disparador para inventar el cuento de ese día.

Hecha la aclaración… La ensalada loca

Había una vez un tomate cherry que estaba aburrido.
No sabía que hacer y se sentía muy solo.

Pero en un momento, una mano lo agarró y lo puso en un lugar muy especial: un pelotero de granos de choclo.

El tomatito cherry estaba muy contento. Luego vió a algunos otros tomatitos amigos en el mismo pelotero.

En un momento empezó a caer un chorrito verde. Era aceite de oliva. El preferido del tomatito, así que trato de meterse abajo del chorrito para quedar todo lleno de aceite de oliva.

Luego llovío un poco de sal, y cuando el tomatito apenas se sintió algo salado empezó la parte más divertida:

Empezaron a mezclar la ensalada y el tomatito iba de un lado para el otro.
De arriba para abajo y de abajo para arriba.
De cabeza.
De parado.
Chocándose con los otros tomatitos.
Sumergiéndose en el pelotero de granos de choclo y volviendo a salir.

Cuando pararon de mezclar la ensalada, el tomatito estaba muy contento, feliz de su aventura.

Y se dió cuenta que estaba en una rica ensalada, hecha con mucho amor por una mamá para su hija, que era fanática de la ensalada de choclo y totatitos cherry.

Y colorin colorado… este cuento se ha acabado.

Un día, en un pueblito muy lejano, mientras la gente grande trabajaba y los chicos jugaban, en el cielo apareció un gran plato volador, de color dorado.

Todos, los grandes y los chicos, se quedaron inmóviles viendo como ese plato volador dorado bajaba del cielo y aterrizaba en el medio de la plaza del pueblo.

Una vez que el plato volador aterrizó, se abrió la puerta y salió un extraterreste que era chiquito y todo verde.

Todos, los grandes y los chicos, seguían inmóviles viendo al extraterrestre, y entonces dijo:

- Uds., los grandes, deben cuidar el medio ambiente.
Y Uds., los chicos, deben vigilar que los grandes cuiden del medio ambiente.

Todos, los grandes y los chicos, asintieron con la cabeza.

El extraterrestre sonrió, saludó, se subió a su plato volador, cerró la puerta y salió volando.

Todos, los grandes y los chicos, se quedaron mirando hasta que el plato volador desapareció en el cielo.

A partir de ese día, los grandes empezaron a caminar y andar en bicicleta en lugar de usar tanto los autos. Dejaron de regar las veredas y empezaron a cuidar más el agua. Dejaron de cortar árboles de los bosques y de tirar basura en cualquier lado.

Y cuando los grandes se olvidaban y empezaban a contaminar el ambiente, los chicos, que nunca olvidan lo bueno, les hacían acordar que debían cuidar el planeta.

Y siempre son los chicos los que nos recuerdan las cosas buenas de la vida, no?
Porque están seguros que son de este planeta.

Lola: – ¿Cómo se llama?
Yo: – La banda de la selva.

Un día se reunieron todos los animales de la selva porque estaban muy aburridos y no sabía que hacer.
Todos tiraban ideas pero no convencían a ninguno, hasta que el león dijo:

- Y si hacemos una banda?

A todos los animales les pareció una buena idea. Y entonces los leones aprendieron a tocar la guitarra, los monos tocaban la batería, los elefantes las trompetas, las jirafas el piano.
Y así todos practicaron durante muchos días y formaron la banda de la selva que sonaba muuuuy bien.

Un día en la selva aparecieron unos cazadores con intenciones de matar la mayor cantidad de animales posibles. Sin embargo, mientras se adentraban en la selva iban escuchando más y más fuerte una música muy linda.

Y era tan linda la música que escuchaban que dejaron sus armas y empezaron a bailar.
Y bailando con esa música especial fue que descubrieron que eran los animales quienes la tocaban.

Y en ese momento se dieron cuenta de que no era bueno matar animales y prometieron no cazar nunca más.

Y en ese momento los animales se dieron cuenta que la música calma a las fieras.

Y colorín colorado…

Lola: – …este cuento se ha terminado.

Yo: – ¿Te gustó?

Lola: – Si. Estuvo bueno. Hasta mañana.

Yo: – Hasta mañana

Lola: – ¿Cómo se llama?
Yo: – Hoy no tengo ganas de contar ningún cuento
Lola: – Daaaaaaaaaaale. Porfis.
Yo: – Así se llama el cuento: Hoy no tengo ganas de contar ningún cuento.
Escucha…

Había una vez, un cuentero, es decir, una persona que contaba cuentos.
El cuentero iba por los pueblos y en las plazas anunciaba que iba a contar cuentos. Entonces todos los chicos del pueblo se reunían para escucharlo.
Contaba cuentos de príncipes, princesas, dragones, animales y todas las cosas que se le ocurrían.

Un día despertó, se dirigió a la plaza del pueblo donde estaba y esperó a que llegaran los primeros niños a escucharlo.
Cuando hubo varios niños, el cuentero iba a pronunciar las primeras palabras de su cuento cuando se dio cuenta de que no sabía que contar.
Los niños lo miraban con gran expectación, pero al cuentero no se le ocurría nada de nada.
Y fue así como se le ocurrió decir: – Hoy no tengo ganas de contar ningún cuento.

Los niños lo miraron sorprendidos. Y luego lanzaron un grito fuerte todos juntos y empezaron a llorar.
Lloraban, lloraban y lloraban. Y su llanto lo escuchaba todo el pueblo, que empezó a llegar a la plaza para ver que sucedía.
Todo le preguntaban al cuentero porque los niños lloraban y este les contesto que era porque no se le había ocurrido ningún cuento que contar.
La gente del pueblo se enojó con el cuentero, por haber hecho llorar a los niños. Y estaban a punto de echarlo para siempre del cuando escucharon un dulce música entre los llantos de los niños.

Mientras la música se escuchaba cada vez más fuerte, los llantos de los niños iban disminuyendo.
Y de pronto vieron que se acercaba a la plaza la caravana de un circo, que tenía payasos, malabaristas, magos, elefantes, monos, tigres y leones.

Los niños dejaron de llorar de inmediato cuando vieron el circo. Se secaron las lágrimas y empezaron a sonreír.
El dueño del circo se acercó a donde estaba toda la gente del pueblo y les dijo:

- Amigos, somos el circo Rimbomba. Simplemente estábamos de paso, ya que siempre, siempre actuamos en ciudades muy grandes. Pero cuando estábamos pasando escuchamos el llanto de muchos niños y pensamos que necesitaban algo de diversión.
Es por eso que entramos al pueblo para ofrecerles una gran función de nuestro circo a todos. Y especialmente los niños.

Todos en el pueblo, grades y chicos, saltaron de alegría y empezaron a aplaudir.

El dueño del circo además dijo:- Nuestro circo tiene muchos artistas: magos, payasos, malabaristas, domadores de elefantes, monos, tigres y leones.
Sin embargo, me falta un artista. Alguien que cuente cuentos a los niños, entre un acto y otro.

En ese momento toda la gente del pueblo miró al cuentero, que estaba acurrucado en un rincón medio confundido, medio asustado. Y todos le dijeron al dueño del circo que ese era el mejor cuentero del pueblo. Que era la persona que estaba buscando.

El dueño del circo lo contrató enseguida y el cuentero empezó a contar historias de lo que pasaba en el circo. Eran tantos los artistas y animales y pueblos y situaciones que nunca se quedaba sin historias que contar.

Y nunca, nunca, nunca más se quedó sin una historia para contar.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

Lola:- Mmmmmmm… me parece que el que cuenta cuentos se parece a vos.
Yo: – Puede ser. Ahora, buenas noches y dulces sueños.
Lola:- Buenas noches. Dulces sueños.

Lola: – ¿Cómo se llama?
Yo: – El príncipe y la sopa.

Había una vez, en un lejano reino, un príncipe que se llamaba Facundo.
Facundo no quería tomar la sopa.

La Reina y el Rey no sabían que hacer, ya que en su reino la sopa era la comida más tradicional.
Durante todo el año, los desayunos, los almuerzos, las meriendas y las cenas incluían sopa.
Sea invierno o verano había sopa, que todos disfrutaban pero el príncipe Facundo odiaba.

El odio de Facundo por la sopa llegó a oídos de un cocinero de un reino cercano. Y sabiendo que los reyes estaban preocupados, les propuso hacer la mejor sopa del mundo. Una sopa que ni siquiera el príncipe Facundo rechazaría.

Los reyes dudaban de que eso fuera real. Pero accedieron.

Entonces el cocinero invitó a los reyes y al príncipe a su cocina, en el reino cercano. Ya en la cocina, dirigiéndose a los reyes y al príncipe, el cocinero dijo:

- Sus majestades, Uds. mandan en su reino. Pero en esta cocina, que es mi reino, mando yo. Así que ¡A trabajar!

Y en ese momento puso a la reina a lavar las verduras, al rey a pelarlas y al príncipe a juntar agua y ponerla en el fuego.
Si bien estaban algo confundidos, el rey, la reina y el príncipe siguieron las instrucciones del cocinero al pie de la letra.

¡Pongan el agua! ¡Prendan el fuego! ¡Corten las verduras! ¡Revuelvan despacio!

Luego de un rato de obedecer al cocinero, la sopa empezó a invadir con su aroma toda la cocina. La reina, el rey y el príncipe Facundo sintieron ese aroma y se dieron cuenta de lo especial que era ESA SOPA.

No eran los ingredientes, ni la receta del cocinero.
ESA SOPA era especial porque la habían hecho juntos, toda la familia real.

Hacía muchísimo que el rey y la reina, preocupados por miles de cosas, no hacían “algo” con su hijo.

Y fue así como, compartiendo una tarea simple, Facundo y sus padres volvieron a disfrutar de preparar y comer una buena sopa.

Luego, Facundo creció, y se puso un restorán donde solo vendían sopa, que se llamó “Otra vez sopa”

Y colorín colorado, este cuento se ha terminado.Te gusto?
Lola:- Si, estuvo rico.

Yo: – Bueno, ahora dormite y buen provecho.
Lola:- Si. Hasta mañana.

Lola: – ¿Cómo se llama el cuento?
Yo: – La hormiga y las estrellas.

Había una vez una hormiga que se llamaba Ramona.

Ramona trabajaba mucho todos los días llevando hojitas hasta el hormiguero.
Por las noches, antes de irse a dormir, miraba el cielo lleno de estrellas y decía: – ¡Mi sueño es poder tocar las estrellas!

Algunas hormigas habían oído lo que decía Ramona todas las noches y se reían de tan loca idea.

Un día de invierno, que hizo mucho, mucho frío, en el pueblo donde estaba el hormiguero donde vivía Ramona, comenzó a nevar. Hacía más de 30 años que no nevaba en ese lugar. Ni Ramona ni sus compañeras sabían que era la nieve.

Todas las hormigas, asustadas, se que quedaron en el hormiguero, con mucho miedo y frío.

Sin embargo, Ramona se asomó y vio como caían los copas de nieve. ¡Y quedo asombrada!

Para Ramona cada copo de nieve era como una pequeña estrella. Y salió rápidamente del hormiguero porque quería tocar cada una de las estrellas, que sorpresivamente habían empezado a caer ese día.

Las otras hormigas, al ver que Ramona estaba tan contenta tocando las supuestas estrellas, también salieron a jugar. Y se divirtieron tanto que empezaron a creer más en los sueños de Ramona y en los propios.

Y fue así como, una simple hormiga que creía en su sueño, hizo nevar en un lugar donde hacía más de 30 años que no nevaba.

Y donde nadie salía a tocar las estrellas.

Y colorín colorado…

Lola: – …este cuento se ha acabado.
Es como la nieve que cayó el otro día.

Yo: – Si. Seguro que en el patio hay una hormiga que se llama Ramona.

(Nota: Este cuento está inspirado en el hecho que está documentado aquí: http://www.clarin.com/diario/2007/07/09/um/m-01453822.htm )

Lola: – ¿Cómo se llama el cuento?
Yo: – La araña trabajadora

Un día, en la selva, empezó a hacer mucho frío.Todos los animales tenían mucho, mucho frío. Y no sabían que hacer, ya que nunca había hecho tanto frío en la selva.

Entonces unos pajaros, que siempre viajaban mucho, le contaron a los otros animales que en los lugares donde hace mucho frío, la gente se pone guantes, bufandas, gorros, ponchos y polainas.

Entonces el león dijo: – Nosotros también nos vamos a poner eso que dijeron los pájaros.

Todos los animales estuvieron de acuerdo, pero no sabían como conseguir esa ropa. Hasta que los pájaros le dijeron que, por lo general, ese tipo de ropa era tejida.Y fue entonces cuando león recordó que la única que sabía tejer en la selva era la araña.

Así que fueron todos los animales a hacerle sus pedidos de ponchos, bufandas, gorros, guantes y polainas a la araña.

La araña, con paciencia y esmero se puso a trabajar.

Hizo unas polainas grandes grandes para los elefantes.
Unas bufandas largas largas largas para las jirafas.
Unos guantes con agujeros en las puntas para que los tigres y los leones puedan sacar sus garras.
Unos gorros con orejeras para los monos.
Y unos ponchos a rayas blancas y negras para las cebras.

Y fue así como todos los animales pasaron el invierno abrigados.

Y ahora, cada vez que empieza el otoño, la araña presenta la nueva colección de bufandas, gorros, guantes y polainas para todos los animales de la selva.

Y colorín colorado…

Lola: – …este cuento se ha acabado.

Lola: – Había una vez…
Yo: – Había una vez, en un pueblo muy chiquito…
Lola: – ¿Cómo se llama?
Yo: – El sastre cocinero.
Lola: ¿El sastre cocinero? ¿Y qué es un sastre?
Yo: – Un señor que cose y hace ropa a la gente.
Lola: – ¡ah!
Yo: – Había una vez, en un pueblo lejano, un sastre que le hacía la ropa a toda la gente.
Un día vino una señora gorda y le dijo al sastre que quería un vestido rojo. Y que ese traje debería ser distinto a todos los trajes que haya hecho hasta ese entonces.
El sastre acepto el desafío.

Luego vino un señor que quería un traje marrón. Dicho traje también debía ser distinto a todos los trajes que había hecho el sastre hasta ese momento. Debía ser único.

El sastre, ahora un poco más preocupado por los pedidos de sus clientes, acepto el desafío. Después de todo el era el sastre del pueblo. El único que podía hacerlo.

Luego vino la hija de la señora que había estado antes, para pedirle al sastre un vestido blanco, muy blanco. Y obviamente, debía ser único y distinto a todos los vestidos blancos que había hecho hasta el momento.
El sastre también acepto este desafío.

Sin saber muy bien como iba a hacer las ropas que le habían encargado, el sastre decidió ir a comprar los materiales al mercado.
Vió miles de telas marrones, rojas y blancas, pero ya las había usado a todas en alguna ocasión.

Un poco desilusionado, decidió ir a hacerse el almuerzo.
Ya en la casa, abrió la heladera para ver que podía preparar y descubrió la solución a su problema, y rápidamente y sin ni siquiera almorzar, se puso nuevamente a trabajar.

Agarró unas telas blancas. Las cortó como un vestido para señora y empezó a pisar unas frutillas que tenía en la heladera sobre la tela, hasta que la tela quedo completamente roja. Luego cosió y cosió y tubo un traje rojo como nunca antes había hecho.

Luego agarró otras telas blancas y les puso mucho dulce de leche hasta que quedaron marrones. Las cortó, las cosió e hizo un traje marrón como nunca antes había hecho.

Luego agarró unas claras de huevo, azúcar impalpable y batió, batió y batió hasta hacer un merengue espectacular, que le sirvió para cubrir unas telas, que luego corto y cosió, haciendo un vestido blanco como nunca antes había hecho.

Entrego los pedidos a cada uno de sus clientes, los cuales quedaron encantados por lo originales que eran.Para una fiesta importante del pueblo, la señora y su hija se pusieron sus nuevos vestidos. Y en la misma fiesta apareció el otro cliente del sastre, con su nuevo y original traje marrón.

Y resultó que los tres eran muy amigos, hacía mucho que no se veían y se saludaron, todos juntos, con un fuerte abrazo.

La sorpresa fue que por el calor de su abrazo, sus trajes empezaron a derretirse, y la señora, su hija y el señor quedaron pegados uno con el otro.

La gente no entendía porque estaban pegados y se reían. Hasta que un niño muy pequeño se acercó y tocó con un dedo el traje de la señora, el de la hija y el del señor, y luego se llevó el dedo a la boca.
Y en ese momento dijo: – Ummmmmm!!! Que rico que está esto.

Los invitados empezaron a probar y terminaron comiéndose todas las frutillas, todo el dulce de leche y todo el merengue de la ropa de la señora, su hija y el señor.

En ese momento llego el sastre, y si bien sus tres clientes estaban muy enojados, el resto del pueblo lo felicitaba por lo rico que estaba esa original combinación de dulce de leche, frutillas y merengue que había logrado.

Y a partir de ese momento el sastre, además de hacerle la ropa a la gente del pueblo, empezó a cocinar para las fiestas del pueblo. Y así fue como se convirtió en el sastre cocinero.

Y colorín colorado, este cuento ha terminado.
¿
Te gusto?

Lola:- Si, me gustó.
Yo: – Bueno, ahora dormite y mañana me hacés un dibujo del sastre cocinero. ¿Querés?
Lola:- Si. Hasta mañana.