Fri 20 Jul 2007
Lola: – Había una vez…
Yo: – Había una vez, en un pueblo muy chiquito…
Lola: – ¿Cómo se llama?
Yo: – El sastre cocinero.
Lola: ¿El sastre cocinero? ¿Y qué es un sastre?
Yo: – Un señor que cose y hace ropa a la gente.
Lola: – ¡ah!
Yo: – Había una vez, en un pueblo lejano, un sastre que le hacía la ropa a toda la gente.
Un día vino una señora gorda y le dijo al sastre que quería un vestido rojo. Y que ese traje debería ser distinto a todos los trajes que haya hecho hasta ese entonces.
El sastre acepto el desafío.
Luego vino un señor que quería un traje marrón. Dicho traje también debía ser distinto a todos los trajes que había hecho el sastre hasta ese momento. Debía ser único.
El sastre, ahora un poco más preocupado por los pedidos de sus clientes, acepto el desafío. Después de todo el era el sastre del pueblo. El único que podía hacerlo.
Luego vino la hija de la señora que había estado antes, para pedirle al sastre un vestido blanco, muy blanco. Y obviamente, debía ser único y distinto a todos los vestidos blancos que había hecho hasta el momento.
El sastre también acepto este desafío.
Sin saber muy bien como iba a hacer las ropas que le habían encargado, el sastre decidió ir a comprar los materiales al mercado.
Vió miles de telas marrones, rojas y blancas, pero ya las había usado a todas en alguna ocasión.
Un poco desilusionado, decidió ir a hacerse el almuerzo.
Ya en la casa, abrió la heladera para ver que podía preparar y descubrió la solución a su problema, y rápidamente y sin ni siquiera almorzar, se puso nuevamente a trabajar.
Agarró unas telas blancas. Las cortó como un vestido para señora y empezó a pisar unas frutillas que tenía en la heladera sobre la tela, hasta que la tela quedo completamente roja. Luego cosió y cosió y tubo un traje rojo como nunca antes había hecho.
Luego agarró otras telas blancas y les puso mucho dulce de leche hasta que quedaron marrones. Las cortó, las cosió e hizo un traje marrón como nunca antes había hecho.
Luego agarró unas claras de huevo, azúcar impalpable y batió, batió y batió hasta hacer un merengue espectacular, que le sirvió para cubrir unas telas, que luego corto y cosió, haciendo un vestido blanco como nunca antes había hecho.
Entrego los pedidos a cada uno de sus clientes, los cuales quedaron encantados por lo originales que eran.Para una fiesta importante del pueblo, la señora y su hija se pusieron sus nuevos vestidos. Y en la misma fiesta apareció el otro cliente del sastre, con su nuevo y original traje marrón.
Y resultó que los tres eran muy amigos, hacía mucho que no se veían y se saludaron, todos juntos, con un fuerte abrazo.
La sorpresa fue que por el calor de su abrazo, sus trajes empezaron a derretirse, y la señora, su hija y el señor quedaron pegados uno con el otro.
La gente no entendía porque estaban pegados y se reían. Hasta que un niño muy pequeño se acercó y tocó con un dedo el traje de la señora, el de la hija y el del señor, y luego se llevó el dedo a la boca.
Y en ese momento dijo: – Ummmmmm!!! Que rico que está esto.
Los invitados empezaron a probar y terminaron comiéndose todas las frutillas, todo el dulce de leche y todo el merengue de la ropa de la señora, su hija y el señor.
En ese momento llego el sastre, y si bien sus tres clientes estaban muy enojados, el resto del pueblo lo felicitaba por lo rico que estaba esa original combinación de dulce de leche, frutillas y merengue que había logrado.
Y a partir de ese momento el sastre, además de hacerle la ropa a la gente del pueblo, empezó a cocinar para las fiestas del pueblo. Y así fue como se convirtió en el sastre cocinero.
Y colorín colorado, este cuento ha terminado.
¿Te gusto?
Lola:- Si, me gustó.
Yo: – Bueno, ahora dormite y mañana me hacés un dibujo del sastre cocinero. ¿Querés?
Lola:- Si. Hasta mañana.
February 23rd, 2008 at 10:36 am
es muy malo
February 23rd, 2008 at 10:37 am
pepo malo malo